|
Jueves
30 SEP 2004
Nuestros planes de hoy nos permitieron
dormir un poquito, aunque usualmente
despertamos al romper el alba,
especialmente con los loros debajo de
nuestra ventana. Empiezan a gritarse el
uno al otro a las 5 o 6 de la mañana.
Suena como si fuera uno de ellos fuera
asesinado o ¡como si alguno estuviera
siendo violado! Nos tomo unos días
para acostumbrarnos, y así encontramos
la forma para dormir hasta las 8:30.
Después de desayunar, nos dirigimos a
unas tiendas turísticas de la siguiente
manzana. María necesitaba un par de
sandalias más cómodas, pues sus pies
apenas podían entrar al mar debido a
las vendas. Para la próxima ella traerá
vendas líquidas, pero cuando tratamos
de encontrarlas en el supermercado Olímpica,
nos miraron como si estuviéramos locos.
Compré una camiseta estilo Hindú, que
probablemente no usaré, pues la señorita
vendedora, que se la pasaba coqueteándome,
me mostró unas 25 caminas antes que
ella escogiera una para mí. No supe
como eran el resto de camisetas.
Después
de evadir el apetito voraz de los
vendedores ambulantes de la calle,
visitamos a nuestro amigo de Medellín
por unas empanadas, chorizos y buñuelos.
Entonces, regresamos al hotel, para
refrescarnos antes que llegara “la Chiva”, la cual paró frente a la puerta
principal y pitó… pero ¿quién le
presta atención a los pitos de los
carros en Cartagena? Es una costumbre
local, si un auto se acerca a un cruce
que pite repetidamente para asegurarse y
advertir a los otros autos y peatones.
Sin embargo, los conductores en
Cartagena son muy respetuosos del peatón.
Por ejemplo, después que los frecuentes
aguaceros han caído, las calles quedan
parcialmente inundadas, y los
conductores trataran de evitar salpicar
a las personas en las aceras. Una vez en
la chiva, nos presentan a nuestro
conductor, así como al guía turístico,
que también hace de vendedor de fotos y
de videos que se salen del viaje. Después
de llegar al área turística de
Bocagrande, recogimos más pasajeros, y
nos dirigimos a la vieja ciudad para
llegar a nuestro primer destino:
La
Popa.
La
punta del cerro de
La Popa
es una subida escarpada, a través de un
barrio pobre, que está coronada por un
monasterio. Claro, antes de bajar de la
chiva, nos dejan con todos los
vendedores que nos ofrecen souvenirs,
fotos con un burro y con un viejo
mendigo. Optamos por usar unos sombreros
tontos y pararnos detrás de unas
figuras de una mujer sobre un caballo y
un pirata… ¡y yo era el pirata!
La Popa
, que fue construida a principios del
siglo XVII, es muy bonita, con muchos
artefactos y cosas para ver, así como
de libros viejos, y una colección de
monedas de todo el mundo: hay un billete
interesante que fue hecho de plástico y
el fondo sobre el cual fue impreso es
transparente. Hay una capilla cargada
con ornamentos de oro dedicada a
la Virgen
de Mullein, Santa patrona de la gente de
Cartagena.
La Virgen
viste una corona de oro en su cabeza,
que fue presentada por el Papa cuando
visitó Colombia.
Desafortunadamente,
como uno pasa de un lugar a otro tan rápido,
uno no puede disfrutar, es bien difícil
incluso parar un momento para tomarse
una foto. Hay señales en la entrada de
La Popa
advirtiendo de no dar dinero a los
muchachos que piden pues lo gastarían
en drogas. Estas personas son muy
creativas, pues se quedan abajo, en la
ladera, a unos 7 o
10 metros, y tienen una copa plástica que
amarran a la punta de una caña de bambú
y que menean enfrente de los turistas
que tratan de tener una buena vista de
Cartagena desde los terraplenes del
cerro, lejos del los gritos de los
muchachos rogando por una moneda. El guía
también nos advierte de no estar muy
cerca de los pasamanos o de mirar hacia
abajo, ya que es usual que ellos traten
de quitarle las cámaras o los
bolsos a los desprevenidos.
Siguiente
parada: Castillo de San Felipe de
Barajas, un gran fuerte español, de
hecho, el más grande del mundo y
ciertamente opaca al Castillo de San
Marcos en St
Augustine, en Florida. Es
considerado como el fuerte más grande
construido por los españoles. Comenzó
a ser construido por esclavos africanos
en 1536 y fue terminado 121 años después.
Es un poco empinada la subida por sí
misma, y nos encontramos con más
vendedores, aunque ya estoy
acostumbrado. Ellos sólo tratan de
ganarse la vida, pero atacan a la
industria turística, la cual redujo el
número de empleos en las áreas de
servicio y que aumenta el número de
vendedores ambulantes. Cartagena es la
ciudad más segura del país, aunque se
vea afectada por la violencia a cientos
de kilómetros. Los cruceros que
encallan en Cartagena no avisan el hecho
de que Cartagena está en Colombia por
esa misma razón. Sus folletos indicarán
orgullosos que encallarán en Cozumel (México)
o a Río de Janeiro (Brasil) pero ellos
dicen simplemente Cartagena (Sin la
palabra “Colombia”). Esto, a pesar
del hecho que Río es mucho más
peligrosa, pues así de mala es la
reputación de Colombia ante los ojos
del mundo.
Nos
dirigimos entonces a la parte vieja de la
ciudad, a pesar que ya la pasamos, y
paramos en una trampa turística en la
que nos permitiría compramos cosas
costosas, pero ya que la parada fue tan
corta no puedes encontrar nada.
De
nuevo hacia el hotel, paramos de nuevo,
ahora en una tienda de esmeraldas, y nos
llevan a una área donde las piedras
crudas se califican, se cortan y se
clasifican otra vez, luego entramos en
un cuarto en donde las piedras se fijan
en pedazos del oro y finalmente a un salón
de muestras en donde podemos comprar
joyería a "precios de
descuento", aunque comparados con
Bogotá no son un negocio. Nos llevan de
nuevo dentro de la chiva, que lleva a
todos a sus hoteles respectivos, excepto
nosotros, que decidimos caminar. Ya en
el hotel, nos duchamos y nos cambiamos,
salimos a comer “Crepes &
Waffles”. Nos sentamos afuera y podíamos
mirar a la gente caminar, lo cuál es un
buen pasatiempo. De nuevo, no me
impresiona la comida y Maria sí. La vez
próxima pediré lo que ella pida.
Caminamos hacia Mimo’s por una paleta;
y nosotros éramos los mejores vestidos
allí.
Todos
los derechos de autor © 2004 Jim Thompson
|